Humildad y Sencilléz
23/08/2009 - Revista Vida Naturista

(art. del Dr. Eduardo Alfonso sobre "La Religión de la Naturaleza ")
Por la falta de estas dos virtudes o poderes, se hacen la vida insoportable y se hunden en un verdadero infierno sin salida, la mayoría de los hombres civilizados.
El saber deponer un orgullo insensato, que no corresponde a nuestra inferioridad de seres imperfectos, llenos de pasiones y faltos de dominio ... el saber recibir con humildad todo ataque del prójimo, como todo favor, sin engreirnos rdículamente a la evocación de un pretendido honor, dignidad, prestigio, etc., palabras todas con las que enmascaramos una pléyade de vanidades y apariencias, es virtud que llena de tranquilidad y beatitud el corazón y de armonía la vida. Cristo, el Hombre Divino, lavó los pies a sus discípulos y recibió en la mayor humildad las mayores afrentas e insultos, y en cambio miserables pigmeos que no tienen otro galardón que el dinero, el lujo y el buen vestido, se creen rebajados al tratar con los pobres; hablan despóticamente a los criados y no saben contestar a las afrentas con el amor y la compasión, sino con la violencia o el lance personal. El hombre de más valor, no es nada más que una gota de agua en el océano del Cosmos. El que constantemente tiene ante la mente o el espíritu l
a presencia de Dios, es humilde ante su grandeza. El orgulloso lo es porque no sabe ver a Dios en todas las cosas. Por otro lado, nadie es imprescindible en esta vida. ¿A qué, pues, el orgullo ... ?
La sencillez es el secreto de la vida feliz y sana. Siendo sencillos tenemos también la garantía de no estorbar en su vida a los demás. Si en la vida no tenemos más que lo verdaderamente necesario, habremos simplificado todos nuestros actos y nos quedará la tranquilidad de no haber privado de nada necesario a nuestros semejantes. El lujo, es una verdadera carga que nos ahoga. El que para tomar un simple desayuno tiene que mover a dos o tres criados y vérselo servido en buena mesa con ricos manteles, exquisitas tazas de porcelana de la China, cucharilla de plata y acompañado de manjares varios, se hace esclavo de sus criados, de sus lujos y sobre todo de su vanidad y necesidades superfluas. Cuando tan sencillo y libre le resulta al que sabe prescindir de todo servicio ajeno y de tantas cosas, que por mucho valor es posible que hayan privado de lo necesario a otros que han tenido menos suerte. Y el hombre que de tal modo se complica la vida y la carga de gastos inútiles, se ve obligado a aumentar su rendimiento para percibir más utilidades, haciéndose más y más esclavo de la materialidad de ganarse la vida, o tiene que robarlo si no quiere que esa misma vida se le vaya, en lugar de ganada, a fuerza de intensificar su trabajo. Y así muchos llegan a ricos llenos de lacras y males que les siegan la vida cuando se retiran a disfrutar de sus ganancias.
El que come y viste sencillamente, y vive con mucho aire, mucho sol y pocos muebles, tiene mucho adelantado para vivir tranquilamente. Conocida es la parábola en la que Jesús exhorta al rico joven a que venda todos sus bienes, los reparta entre los pobres y le siga para así poder entrar en el Reino de los cielos o sea conseguir esa felicidad trascendente que resistea todas las calamidades de esta vida. También Cristo nos dijo: "Más fácil es entrar un cable por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos".
En nuestra vida, no sólo hemos de tener el tiempo suficiente para cumplir nuestras obligaciones, sino que debemos disponer de tiempo para el recreo y la meditación, cosas tan importantes para la vida como el trabajo mismo. No hay actividad conscientemente bien dirigida, ni alegremente ejecutada, como no sea fruto de ciertas meditaciones que la fortalecen, y se alterne con expansión y recreo del ánimo, que la adorne y la compense. Y este tiempo de verdadera libertad, de difusión de la conciencia, en el que se basa la alegría de nuestra vida y la fuerza para cumplir nuestro trabajo, no puede conseguirse sin una vida sencilla, salvo en el caso de vivir de rentas, sin trabajar, cosa bastante opuesta a la máxima cristiana: "Ganarás el pan con el sudor de tu frente" y que conduce al extremo opuesto del ocio, la molicie, el hastío, la enfermedad ... aparte de que -como decía Santo Tomás- no tiene derecho a comer el que no trabaja (salvo impedimento).
Educación y Ciudadanía.
Dentro de planos ya más concretos de manifestación de la ley del Amor en la vida social, encontramos estas dos virtudes sociales, sin las cuales toda armonía no llega a ser un hecho.
La Educación, que se traduce en las formas correctas, respetuosas y agradables con que hemos de dirigimos y alternar con nuestros semejantes, es de todo punto imprescindible para evitar roces y conflictos. El respeto al prójimo y a lo que le pertenezca, es una modalidad de la educación que constituye algo sagrado que en conciencia no podemos violar; y tanto más cuando se trata de personas a quienes conceptuamos superiores a nosotros intelectual o moralmente. Sin educación no hay paz colectiva posible. Y no conviene confundir esta educación de que hablo con una mal en• tendida urbanidad, tramada de formulismos ridículos, prejuicios, palabras vanas e hipócritas ... No: Es una educación sencilla, natural, espontánea, sin hipocresías, pero diciendo las verdades con respeto, pues todo se puede decir sin herir al contrario. Dice un proverbio: "Mientras tu palabra no haya perdido el poder de herir a tu semejante, no podrán hablar con los dioses", señalando la importancia trascendente de una buena educación.
La Ciudadanía podemos definida como la virtud de cumplir los derechos y deberes dentro de la vida social, siendo su factor fundamental el cumplimiento de la ley convenida. Existen pueblos enteros donde la vida se hace muy molesta por la falta de sentimiento ciudadano y no piensan que no se pueden exigir derechos en la sociedad donde no se cumplen los deberes (véase "El derecho y el deber" en el capítulo XII de mi obra "Cómo cura la Medicina Natural"). El que, faltando el respeto ajeno y social fuma dentro de los tranvías o teatros, estando prohibido, o corta flores en los jardines públicos o se mete a la fuerza en los vehículos atropellando a sus semejantes ... etc, faltando a la ley, al respeto, a la educación y a toda corrección, pone a pasaos agigantados los jalones de la desarmonía social. Y esto, por desgracia, es muy frecuente. Además ¡es tan estético el respeto y las buenas formas! Seguramente el respetar lo que nos rodea, dando importancia trascendente a todo hecho normal y bien intencionado, pone muy alto nuestro espíritu. La represión de nuestros instintos bestiales es la mayor de las conquistas. Cómo recibir lo que de nuestros semejantes viene.
Cuando nuestros semejantes nos dirijen sus palabras o sus actos, nosotros respondemos a esa acción con una reacción. Reacción que puede ser fruto de la parte material o animal de nuestra naturaleza, en cuyo caso será igual y contraria a la acción, cumpliéndose la ley de acción criminal después de muerto puede ser más peligroso que en vida y suelto. Pero, como esto sería adelantar ideas, dejamos esta cuestión para la tercera parte.
Justicia y Gratitud
La Justicia, "groso modo" conceptuada, consiste en "dar a cada cual lo que se merece". Pero esto necesita muchas aclaraciones. Efectivamente; el prototipo de la Justicia nos lo da en la Naturaleza la ley de Causa y Efecto (2º parte) En el plano humano la justicia se cumple con el mismo automatismo. Dada la dificultad insuperable de juzgar un hombre a otro hombre (1) la justicia humana se administra según los hechos; es decir, se juzga el hecho en la persona del delincuente, pero no a la persona en sí. Tal hecho es contrario a tal ley, y se purga con tal pena. He aquí la fórmula de justicia humana. Claro que el hombre es libre de efectuar o no el hecho delictivo. Basta aquí el mismo razonamiento que hicimos al hablar de la Ley de Causa y Efecto. Pero ... ¿basta un hecho para penar a un hombre? ¿No cabe en lo posible que las íntimas causas psicológicas del hecho punible no sean malas intenciones (que es lo único que cabe castigar), sino errores, equivocaciones o anormalidades mentales? Yo estoy fmnemente convencido de que la mayoría cometen delitos por ignorancia (ya sea de la ley social o de las leyes de la vida), y que los pocos que los cometen por mala intención, no están normales; no son malvados, sino enfermos: porque nadie puede, estando en su sano juicio, cometer el mal por amor al mal mismo, que sólo males puede reportarle. Por consiguiente, la verdadera justicia humana compatible con todas esas virtudes de indulgencia, tolerancia, misericordia, etc., consiste en apartar al delincuente de la vida social,(1) enseñarle, corregirle y aprovechar sus actividades y cualidades buenas (que todos las tienen) en bien del conjunto. No olvidemos que todos llevamos una mónada de esencia Divina, capaz de despertar a las llamadas del amor ajeno. Los castigos sólo sirven para cultivar la parte animal de nuestro ser cuando son por venganza y cuando anulan al delincuente.
En otro orden de hechos, hemos de procurar, en todas las circunstancias de la vida, portamos justamente. Hacer justicia de palabra y de obra según nuestra conciencia, ya en la educación de nuestros hijos (véase "Educación moral" en mi obrita "La salud de los niños por la Higiene Natural"), ya en la referencia que demos de otra persona, ya qn el trato y atenciones que prodiguemos a unos y otros de nuestros semejantes, etc., teniendo en cuenta, que la benevolencia y la indulgencia son la mejor justicia, porque suponen la conciencia de nuestra de capacidad para juzgar a otra persona. Hay hechos en la vida, en los que no cabe duda sobre el juicio que de ellos formamos. Al que hemos sorprendido, repetidas veces apoderándose de lo ajeno, haremos bien en alejarle de nosotros y prevenir a las demás personas de su peligrosa cualidad. Hasta aquí habremos sido justos y benévolos, pero ... ¿Podremos en conciencia afmnar que el sujeto en cuestión es un malvado y un ladrón? .. ¿Y si lo que robó fue para dar pan a sus hijos hambrientos y lo hizo para cumplir su obligación de padre y por amor hacia ellos? ¿No fue por ventura, entonces, el único error de ese hombre el haber ocultado su necesidad y el no haberse atrevido a pedir un socorro, o lo que es más terrible, no haberlo encontrado?
La justicia, cualidad de orden muy elevado, sólo puede dictámosla nuestra conciencia después de una prudente meditación. Acordémonos de que "Como juzguemos así seremos juzgados"; u es que el hombre verdaderamente sabio (y del que por tanto nadie puede juzgar mal) jamás juzga a un semejante con malevolencia ni le cree digno de castigo, porque conoce las leyes de la vida y ve su conjunto.
La gratitud hacia las buenas acciones de nuestros semejantes es la flor de la vida. Ella, llena de dulces matices y da un aroma santo a las relaciones con nuestros semejantes. Su sentimiento engrandece el espíritu propio y es como un sol que caldea el espíritu ajeno, al que predispone y estimula a la práctica del Bien y del Altruismo.
Prudencia. Es el freno del ser humano. Gracias a ella, detenemos las reacciones pasionales, y hablamos u obramos despúés que nuestra razón ha tenido tiempo de imponer a los elementos inferiores la autoridad de su alcurnia. Sin necesidad de más, se comprende la importancia suma que tiene en las relaciones de unos seres con otros. La prudencia es además una defensa del propio individuo, que le libra de caer en peligros múltiples.
"Cuenta hasta ciento antes de hablar", dice un proverbio, enseñándonos la necesidad de abstenemos de los actos mientras no hayan sido pensados con cierto detenimiento. Saberse detener a tiempo para pensar, es una sabia regla que .nos ahorrará muchas penas.
Amistad. "Es el vínculo de dos almas virtuosas", decía Pitágoras. Es, sin duda, el más santo y fuerte lazo que puede unir a dos seres humanos. Nada supone la paternidad física ni el hecho de haber nacido de los mismos padres, ni la constitución del matrimonio mientras no haya ante todo y sobre todo una verdadera y profunda amistad. Todos los lazos de sangre se rompen si faltan los lazos espirituales. Y la amistad es la más pura y altruista de las afInidades humanas, porque nadie obliga a ella, y sólo depende de nuestra libre inclinación y voluntad. Tener un buen amigo (sea este nuestro padre, nuestro hermano, nuestro hijo, nuestro compañero del otro sexo o un ser extraño a nuestra vida física) es el mayor de los consuelos de esta vida. Poder confiar a otra alma nuestros secretos como se los confIamos a la propia conciencia; poder pedir consejo a quien sabemos que nos le ha de dar como fruto de su amor; tener un ser a quien poder querer sólo por la necesidad de amar a alguien concretamente, es la más grande de las aventuras.
"Antes que al médico, llama a tu amigo", nos dice Pitágoras.
Extraído de la Revista Vida Naturista Año 49 - Nº183 - Septiembre Octubre 1984.
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